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19th of November 2018

México



Columna | Encima de Villa Olímpica

Durante los primeros años de mi infancia viví con mi familia en un conjunto habitacional situado al suroeste de la Ciudad de México. La Villa Olímpica había sido construida en 1968 para hospedar a los atletas participantes en las Olimpiadas que tuvieron lugar en México durante ese año, a las delegaciones de los distintos países y a la prensa internacional. Fue el propio presidente Gustavo Díaz Ordaz quien inauguró el conjunto con un discurso que anunciaba su intención de “cobijar a la juventud del mundo”, mientras vetaba a Sudáfrica por su política de apartheid, como habría hecho un presidente humanitario con ideas progresistas. Según el Gobierno mexicano, esos juegos debían servir para afianzar la imagen internacional de nuestro país. Sin embargo, las protestas estudiantiles, inspiradas en los diversos movimientos sociales que tuvieron lugar en el mundo a lo largo de ese año, contagiaron a la sociedad civil. Díaz Ordaz temía que esas protestas opacaran a las Olimpiadas dando una impresión de un México demasiado rebelde y desordenado.

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El 2 de octubre, a tan sólo 10 días del inicio de los Juegos Olímpicos, en la Plaza de las Tres Culturas tuvo lugar una de las manifestaciones más concurridas de nuestra historia. A diferencia de otros presidentes, como DeGaulle o el propio Nixon, que nunca recurrieron a la violencia contra los estudiantes, al presidente de México le pareció que la mejor manera de atajar el movimiento era aplastarlo con un brutal despliegue de fuerza militar, conocido como la matanza de Tlatelolco, en el que murieron cerca de 200 personas. En sólo un par de meses el presidente había pasado de querer cobijar a la juventud del mundo a masacrarla.

Los Juegos Olímpicos de México 68 —probablemente los más tristes de la historia moderna— se inauguraron el día previsto, en un clima de absoluta represión. Mientras en los estadios los atletas competían por el oro y la plata, en las calles y en las universidades se llevaba a cabo una verdadera cacería de brujas.

A lo largo de los años setenta la Villa Olímpica fue vendida en régimen de condominio a familias mexicanas, pero sobre todo argentinas, uruguayas y chilenas, exiliadas tras los golpes militares ocurridos en Sudamérica a principio de los setenta. La unidad habitacional se convirtió así en el mayor barrio de izquierda de la Ciudad de México, un lugar emblemático habitado por artistas, profesores universitarios, intelectuales progresistas o militantes comunistas, que de distintas maneras habían conseguido sobrevivir a la represión.

Crecer junto a esos niños de tan diversos acentos y vocabularios fue muy enriquecedor. También lo fue escuchar sus historias, con frecuencia dramáticas, que involucraban la desaparición y tortura de sus padres o de sus abuelos.

En “Villa”, como nosotros la llamábamos, había árboles de muy diversas especies, también aves, caracoles, ardillas, zarigüeyas, lagartijas que perseguir con la resortera, y miles de rincones para esconderse. El conjunto contaba con juegos para niños, una tienda de abarrotes llamada La Luna, y un supermercado estatal de dimensiones inmensas para la época. El club deportivo incluía canchas profesionales de basquetbol y de futbol, un gimnasio olímpico, una pista de tartán, una alberca de cien metros. También había una explanada muy amplia en la que era posible patinar o andar en bicicleta. Los niños hacíamos uso de todos esos espacios soñando que éramos tan atletas como sus primeros ocupantes, y que en un futuro no muy lejano participaríamos en las olimpiadas.

De todos los rincones de aquel lugar, mi preferido era un árbol situado justo frente a mi edificio y cuyas ramas alcanzaban el apartamento en el que vivía. Se trataba de un pirul o pimentero de América, muy antiguo, arraigado sobre un montículo de rocas volcánicas, omnipresentes en toda la unidad; un árbol espectacular por el ancho de su tronco y la espesura de su follaje, al punto de que los arquitectos que diseñaron aquel lugar no sólo habían decidido conservarlo sino que lo pusieron en valor.

Una tarde, mientras jugábamos en una de las áreas verdes, mis amigos y yo destapamos una alcantarilla, nos metimos en el hueco y comenzamos a caminar por el túnel del desagüe. Después de avanzar en la oscuridad durante varios minutos, encontramos la salida. Cuando emergimos de ahí descubrimos un jardín inmenso donde se alzaba una pirámide circular. Se trataba de las ruinas de Cuicuilco, un centro ceremonial de la cultura olmeca, ubicado del otro lado de la avenida. Por increíble que parezca ninguno de nosotros lo había visitado jamás. Ni siquiera sabíamos de su existencia. El lugar, lo leímos esa tarde, había sido devastado por un volcán en erupción. También averiguamos que toda la piedra sobre la que solíamos correr era producto de esa catástrofe. Los niños tienen una mirada sin juicio capaz de transformar los lugares más tristes en espacios llenos de maravilla y de posibilidades. Junto a la pirámide sentimos olor a copal e incienso, y vimos a los habitantes de esa ciudad ir y venir por las calzadas de piedra. Esa tarde comprendimos que el pasado glorioso de este país está más cerca de lo que suponemos, y que no importa cuán aterradores o viles sean los orígenes de un lugar, lo que cuenta es lo que hacemos con él. Como el árbol que había logrado crecer en medio de la piedra volcánica, encima de aquel episodio de muerte y represión, nosotros crecíamos libres y estábamos escribiendo nuestra propia historia.

Guadalupe Nettel es escritora mexicana.

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