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18th of October 2018

México



Columna | Pluma de capa y alas

Juan José Arreola cumple este viernes su primer centenario de eternidad tal y como lo cifró Jorge Luis Borges: un hombre que pudo haber nacido en cualquier idioma y en cualquier época. Para nuestra fortuna, Arreola nació en Zapotlán que ahora llaman Ciudad Guzmán, en Jalisco y en letras se forjó una vida cuya trayectoria académica apenas cumplió con los estudios de primaria (cuando le decían “Chivo Loco” y hacía travesuras galácticas con su amigo Tomás Bayod) hasta llegar a dictar cátedra –de pin-pon—en la Universidad Nacional Autónoma de México, habiéndose graduado en la Comédie Française como juglar verbal de la imaginación infinita, la que nutre sus textos y abonaba todos sus parlamentos.

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Era un hombre encarnado en pluma fuente (de saber e ingenio) que volaba por el mundo con las alas de su capa española y con los rizos al aire. Hablaba de fútbol como filósofo sobre el césped y se callaba ante el tablero del ajedrez como si meditara el destino del mundo en un enroque o la salida de un peón. Cuando Borges viajó a México, él mismo aseguró haber logrado “intercalar uno o dos silencios” en la larga conversación, más bien monólogo, donde Arreola le llenó la vista ciega con garigoleos barrocos de magia pura, referencias instantáneas mucho antes de que se inventara la Wikipedia y citas textuales en la yema de los dedos.

Él mismo editó un pequeño volumen para la colección FONDO 2000 del Fondo de Cultura Económica que me honró en presentar –con la presencia del presidente De la Madrid, en medio de ambos—habiéndose presentado puntualmente a la hora marcada por la bitácora siempre apurada de la FIL de Guadalajara, con un botellón de champán que tuvimos a bien zamparnos –con la presencia del presidente De la Madrid, en medio de ambos—durante el breve espacio de tiempo que se nos concedió para celebrar cada prodigioso miligramo de su prosa. Arreola el orfebre delicado de las sílabas, el que nos orientaba con ejercicios prácticos de poemas en voz alta, el que condensó en un solo volumen la feria entera de su pueblo, chinampinas y loterías, papel picado y volantines o bien el animalario increíble de la fauna transformada en su prosa. Era un elegante fantasma de la lectura convertida en palabra paseante, y un duende incansable del sano contagio de las letras.

En alguna otra FIL fuimos a despedirnos de él mi maestro José Luis Martínez y, a pesar de que ya no hablaba, sonreía con ganas de reír cuando le confesamos que no llegó con nosotros Alí Chumacero por el simple y genial hecho de que se había desparecido como esfumado de Guadalajara, en brazos de una musa inesperada. En toda ocasión, al habla o por escrito, Arreola recomendaba libros o ligaba referencias de cine viejo y bueno con todo lo que se conversaba y ese día, salimos convencidos de que Alí era como Valentino, quizá para distraer la tristeza del adiós.

Sucedió entonces, durante otra FIL, el raro decurso del agua del azar que dictó que Vicente Leñero se fuera de este mundo en un aniversario de la muerte de Arreola; considerando que fueron entrañables rivales en el ajedrez, podría decirse que las musas dictaron tablas. Lo que sí está claro es que Juan José Arreola es lectura vigente y admirable entre las nuevas generaciones de lectores que quedan imantados al instante con sus relatos intemporales, con la misteriosa paciencia del guardagujas o la estirada elegancia de una jirafa a la mitad de una página. He dejado aparte lo que Arreola sabía de música y cómo recomendaba sinfonías o incluso melodías sueltas como apéndices al pie de página, cuando hablaba como si se aparecieran pantallas impalpables de eso que hoy llaman hipertexto delante de sus párpados, en asociación imparable y por eso emociona tanto que sus nietos sean tan buenos músicos y lleven en sus propias alas el aliento incombustible del entrañable arlequín, de capa al viento, que pronunciaba versos como si hablase rumano e hilaba las tramas de historias inventadas con el paisaje en derredor. Un genio que sigue tan campante, así pasen los siglos, con la garantía inapelable de que mañana mismo surgirá un nuevo lector de sus magias.

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