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19th of November 2018

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Sastres del siglo XXI

LA SASTRERÍA ARTESANAL es un oficio silencioso y casi litúrgico. Se realiza en la intimidad del taller y, en su versión más pura, requiere de un único profesional, el maestro sastre, capaz de tomar medidas, cortar el tejido, probarlo sobre el cliente y coserlo a mano, con aguja, dedal e hilo, hasta el momento de la entrega. En España, como en el resto de Europa, hay sastres desde hace 200 años. Aunque su actividad decreció a partir de los años setenta con la llegada de los grandes almacenes y la ropa de confección, nunca han desaparecido del todo. Y, sin embargo, durante décadas no se han atrevido a definirse como tales. Había sastres españoles, pero su estilo y su identidad solo se juzgaba con relación a las grandes tradiciones inglesa e italiana, las únicas con carta de ­naturaleza.

“Cuando empezamos a acudir a ferias internacionales de moda masculina en 2014, nadie había oído hablar de ningún sastre español”, recuerda Paul García de Oteyza, el fundador de la firma madrileña Oteyza. “Por eso pensamos que había que dar un golpe de efecto”. En enero de 2016, García de Oteyza y su socia, Caterina Pañeda, inauguraron la feria florentina Pitti Uomo, la más importante del sector, con una performance en la que cortaron una capa española en directo. La alianza entre artesanía, historicismo, teatralidad, marketing y público internacional dio resultado. Su imagen se volvió viral.

“La sastrería inglesa es conservación de la tradición. La italiana, la desestructura. La española defiende la riqueza de las formas”

Lo mismo sucedió con el desfile que celebraron en Madrid el pasado 6 de julio, un espectáculo coreografiado por Antonio Najarro y los bailarines del Ballet Nacional de España. La colección buceaba en el arte y en la indumentaria histórica para hallar tonos, formas, movimientos y prendas rescatadas como la capa, la alzada, la galerna o las chaquetas de tres cuatros. “Yo sí creo que hay algo típicamente español”, explica García de Oteyza. “La sastrería inglesa es la conservación de la tradición. La italiana, la riqueza de los tejidos, la desestructura. Lo español, sin embargo, se ha definido desde el siglo XVI por una cierta riqueza en las formas. Eso es lo que defendemos”.

En la sastrería tradicional, la moda es casi una palabrota. Por eso el discurso de Oteyza, que coquetea con la creación de colecciones y los desfiles, es un caso de heterodoxia consciente. Cierto es que tampoco el itinerario de sus fundadores ha sido el habitual; Paul y ­Caterina llegaron a la sastrería desde el ­marketing y la traducción, respectivamente, tras una periodo formativo en las academias de rigor, movidos por el amor al oficio y a la artesanía.

Marc Munill, en su taller en la tienda barcelonesa Santa Eulalia. “Aquí las ideas están claras: modernidad y artesanía”, afirma sobre la empresa.Marc Munill, en su taller en la tienda barcelonesa Santa Eulalia. “Aquí las ideas están claras: modernidad y artesanía”, afirma sobre la empresa. CATERINA BARJAU

A Antonio Puebla, sin embargo, la vocación le sorprendió en la adolescencia. “Iba para sacerdote y me salí del seminario porque, aunque tenía vocación, me mareaba y no podía estudiar. Puede que fuera el subconsciente”, explica. Viajó a Londres y Barcelona antes de regresar a Madrid y empezar a trabajar como jefe de sastrería para El Corte Inglés. Allí vistió a uno de sus clientes más especiales, Salvador Dalí, lo que le valió el apodo de El Divino Puebla. Asentado en su propio taller en Valencia desde 1988, es dueño de un estilo propio al que él quita hierro diciendo que se basa en la sencillez. “Marca la silueta y sin embargo es más cómodo, redondo, suavemente entallado y con muchos detalles”, explica. Asegura que, si algo define a la sastrería española, es que se las ha tenido que ver con tejidos más finos, que también son más difíciles de trabajar que los gruesos.

“Nuestros maestros desempeñaron su oficio con alta calidad, pero no salieron a contar quiénes eran”

Puebla es un clásico. Uno de los pocos maestros sastres (se pueden contar con los dedos de las dos manos) en activo en España. También el hecho de mencionar sin ambages los nombres de sus clientes más célebres le coloca en un plano diferente. Durante décadas, los profesionales españoles han trabajado desde la discreción. Algunos clientes quitaban las etiquetas de sus trajes para que nadie supiera la identidad de su creador. “El problema de los sastres españoles es que no nos hemos dado a conocer”, explica Joaquín Fernández Prats, que hace ocho años se hizo cargo del departamento de sastrería de la camisería Langa. “Antes que sastre hay que ser empresario”, explica.

Una pieza de Agustín García Montero ya cortada y marcada.Una pieza de Agustín García Montero ya cortada y marcada. XIMENA Y SERGIO

Fernández Prats ha sido pionero a la hora de llevar a cabo gestos aparentemente innatos en la moda pero inéditos entre sus colegas: abrir una cuenta de Instagram y organizar eventos con blogueros. “Hay gente joven que por desconocimiento no se había acercado antes”, explica. “Nuestros anteriores maestros de­sem­peñaron su oficio con mucha calidad, pero no salieron del taller para buscar público ni para contar quiénes eran”. Fernández Prats, desde un taller de 11 personas, ha incorporado nuevas generaciones de clientes adaptando su estilo a los nuevos tiempos. “La sastrería española está en medio de la italiana y la inglesa. Tenemos la buena hechura de los ingleses con la modernidad de los italianos”, explica. “Se ve en las solapas con forma y vuelo, con las puntas redondeadas, y en el corte del traje, entallado pero cómodo”.

“Durante muchos años no se ha cuidado la formación. Y no es sencillo. El sastre debe tener cabeza, gusto y corazón”

El taller de Fernández Prats forma parte de una veterana camisería madrileña. El que dirige el catalán Marc Munill, de la histórica tienda de lujo barcelonesa Santa Eulalia. Con 15 empleados, es el más grande de España. “Hacemos moda, pero sin pasarnos”, responde Mu­nill cuando habla de la experiencia de trabajar en un establecimiento que, actualmente, también comercializa numerosas firmas de lujo. “Nuestro trabajo se basa en la especialización máxima. Tenemos conocimiento y recursos para hacer distintos tipos de encargos para cada cliente. Y ello desde la artesanía pura”.

Agustín García Montero, en la sastrería Serna de Madrid.Agustín García Montero, en la sastrería Serna de Madrid. XIMENA Y SERGIO

Bajo la atenta mirada de Luis Sans, director de Santa Eulalia, Munill capitanea un equipo en el que también trabajan los sastres Jari Mäkelä, Raúl Perera y el camisero Manuel Manobens. “La sastrería a medida no morirá mientras haya sibaritas que quieran vestir bien”, explica Munill. “Pero durante muchos años no se ha cuidado la formación. Y no es algo sencillo. El sastre debe tener cabeza, gusto y corazón. La aguja se empuja por detrás, pero requiere una cierta sensibilidad. Así que ser sastre consiste en coser, coser y coser durante años”.

Agustín García Montero, de 36 años, descubrió la magia que entrañaba empujar la aguja casi por casualidad. Quería ser biólogo marino, pero empezó a trabajar como botones en la sastrería madrileña Martín Arana. Un día su jefe, el sastre Cecilio Serna, le propuso probar suerte como aprendiz. Hace 20 años de aquello. Su maestro le traspasó el taller hace cuatro, y García Montero la llamó Sastrería Serna en su honor. Hoy es el maestro sastre más joven de España, y el suyo es el único taller especializado en sastrería militar, que supone el 15% de su producción. Es el único, por ejemplo, capaz de confeccionar el complicadísimo uniforme de secretario de embajada, un prodigio técnico que exige decenas de horas de trabajo manual.

Antonio Puebla, en su taller de Valencia. “Un rasgo de mis trajes es que hacen al cliente más alto y delgado”, explica.Antonio Puebla, en su taller de Valencia. “Un rasgo de mis trajes es que hacen al cliente más alto y delgado”, explica. CATERINA BARJAU

De ahí que sea uno de los pocos talleres en recibir el sello de calidad artesanal que otorga la Asociación Española de Sastrería, una institución cuyo presidente es hoy Paul García de Oteyza, y cuya labor es crucial en un mercado, el del lujo, en el que la sastrería debe competir para sobrevivir. El precio mínimo de un traje artesanal en España (en Londres o Nápoles se duplican) oscila entre los 2.000 y los 3.500 euros. Del taller más grande de España, el de Santa Eulalia, salen 400 trajes al año. De uno pequeño como el de Serna, alrededor de 200. Los plazos de espera para la entrega de un traje van de las cinco semanas a los tres meses.

Paul García de Oteyza y Caterina Pañeda se formaron en una academia de corte antes de desarrollar con un sastre sus primeros patrones. Hoy trabajan tanto la sastrería artesanal como la industrial.Paul García de Oteyza y Caterina Pañeda se formaron en una academia de corte antes de desarrollar con un sastre sus primeros patrones. Hoy trabajan tanto la sastrería artesanal como la industrial. ximena y sergio

En la era de la inmediatez, estos tiempos son puro exotismo. Cuenta García Montero que los blogs y los foros han adquirido un papel esencial para llevar a los clientes a las sastrerías. “Quieren vivir algo diferente. Experimentar el proceso, las pruebas”. García Montero, con su aspecto pulcro y su taller contemporáneo, simboliza la penúltima reencarnación de un oficio casi místico en el que importa tanto la prenda como el proceso que lleva detrás. Y, a través de sus redes sociales y sus viajes a ferias extranjeras, también la primera generación de sastres peninsulares embarcada en una aventura de dos direcciones: internacionalizarse sin perder la identidad secreta y poética de la sastrería española. 

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